
Bendito cada nombre que ha sido designado. Benditos los hombres que siempre sacamos. El peso de la historia, el respeto ganado...
Malditos sean los recuerdos dolorosos. Maldita la impotencia y la injusticia que vivimos, el volvernos a casa cada uno por su lado, las finales sin jugar que quedaron en el camino.
Bendita la anestesia general a los dolores, las tristezas que curamos con abrazos, las gargantas que se rompen por los goles, el sentirnos los mejores por un rato.
Malditos los sorteos y los grupos de la muerte, los controles sin azar que asignaron nuestra suerte. Malditos los mezquinos que juegan sin poesía, los que pegan, los que envidian, los que rompen y lastiman.
Bendito sea el orgullo con que entramos al campo. Inflar las redes de los otros, inflar el respeto de los nuestros, merecer la camiseta. Los turistas, los cronistas, los esponsors, los amigos, el himno y las mujeres siguiendo los partidos.
Benditos los partidos que dan resultados, las risas y el llanto que guardaremos tanto...
Y bendito ese momento que nos regala el fútbol de poder cambiar nuestro destino, y sentir otra vez el orgullo de pertenecer a este equipo.
Los que no lo sienten, nunca lo entenderán.
Difícil de explicar, fácil de sentir.