Marta se puso a pensar, no podía imaginarse vivir sin
ella. Ella era la que iluminaba su vida, la que estaba cada mañana al despertar, la que la acompañaba al trabajo. Si algo le iba mal, se refugiaba en ella, que hacía que dejara de pensar, se tranquilizara y desconectara del mundo por un ratito.
Aquella mañana, cuando Marta despertó, no la podía escuchar. Sólo se escuchaba el silencio. Un silencio cada vez más amargo según pasaban los minutos y
ella no aparecía. Algo pasaba, no escuchaba las palabras bonitas de sus canciones que daban a Marta un toque de ternura en sus mañanas, ni los ritmos movidos que hacían que se levantara de la cama con alegría y las fuerzas suficientes para afrontar un nuevo día.
Entonces se empezó a preocupar, quizás tenía ganas de llorar pero como
ella no estaba, las lágrimas no terminaban de brotar en sus ojos, ya que
ella era la que ayudaba a Marta a engüir los malos tragos.El pensar que no volvería, entristecía mucho más a la chica. Y entonces se dio cuenta, supo que
ella era imprescindible en su vida, la necesitaba para sentir, vivir y ver...supo que
ella, la música, era su vida.